
Ir a una cancha argentina es una experiencia aleatoria que se dirime por las casualidades: vivir o morir depende simplemente del azar. Mi moneda cayó, esta vez, para el lado que dice que aún voy a seguir existiendo. Lo advertí a las 15.20 de ayer. Entré en la Avenida Juan B. Justo en pleno despliegue de realismo trágico: corridas de los de Vélez, raptos de vandalismo, represión. Cuestión de puntería, sobreviví. Atravesar el mismo camino un minuto más tarde, quizá, podría haber conllevado un riesgo mayor. O no. Antes, desde el auto, había asistido a otra escena de estupor: la hinchada de San Lorenzo se trasladaba por la Autopista 25 de Mayo, “guiada” por la Federal y protegida por personal de seguridad motorizado de la barra brava.
Aquello que el fútbol es la continuidad de la guerra por otros medios, entonces, no se adapta a estos confines. El fútbol, acá, es la guerra. Fue la guerra. Lo asimilamos como algo natural. Un absurdo total: mientras los equipos entraban a la cancha con la bandera rival como mensaje ejemplificador, las hinchadas cantaban que se iban a matar; mientras a Migliore le tiraban serpentinas, Barovero contaba que le lanzaron “lo normal, tenedores, piedras”; mientras un partido empezaba, un hincha dejaba de respirar; mientras Pezzotta suspendía el juego, mis hijos Facu y Nico, de siete y cinco años, me llamaban para ver si “estaba”.
Imagino que ahora llegarán lamentos, excusas y la explicación de que los incidentes fueron obra de los inadaptados de siempre. Error. Tal vez la acción y omisión policial, la cultura del aguante (de platea y popular), la histeria futbolera y la violencia social definan mejor este drama. Es una pena redundante. Basta.
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